Los que llamaban trolera a Amparo se equivocaban. Lo que le ocurría a esta interesante mujer es que era muy fantasiosa y se dejaba llevar por la imaginación. Su existencia gris, después de pasar por el túrmix de su fantasía, salía convertida en un mosaico de luz y color. Los que la conocían dudaban de que alguna vez fuese capaz de decir una verdad; pero como todo lo contaba con mucha gracia, la escuchaban con agrado.
El amor secreto de Amparín era un torero. A ella no le gustaba la lidia, pero como en los sentimientos no manda nadie, el matador la tenía subyugada. Seguía su vida en las páginas del papel cuché; y, cuando lo veía acompañado de alguna beldad, se descomponía.
Una vez que Ampa visitó determinada capital de provincia, volvió refiriendo que se había hospedado en el mismo hotel que el dueño de su corazón y su cuadrilla; y que, cuando se quedó encerrada en el ascensor con él, el espada, gallardo y altanero y con el traje de luces puesto, le recitó ese verso de Eduardo Alonso que dice:
“Quiero una palabra corta
de ti
Lo demás nada me importa.
Dime... ¡sí!”

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