domingo, 7 de junio de 2020

EL SOBRINO DE LA VECINA


La primera vez que vi a Ezequiel me pareció un extraterrestre. Venía andando por el  callejón; y yo, desde el lado de dentro de mi reja, intenté imaginar de qué planeta podía proceder. Que se trataba de un forastero era indudable, puesto que no lo conocía; pero es que, además, su apariencia sofisticada contrastaba con el estilo llano, y en ocasiones pedestre, que se usaba en el pueblo. Tampoco cabía ubicarlo en la ciudad, ya que el aire rompedor que poseía era contrario al refinamiento provinciano que se solía ver en ella. Así que, sin saber qué pensar, me sumí en la perplejidad.  
Pero pronto me figuré quién podía ser ese joven que tanto interés me despertaba. Fue cuando dobló la esquina y entró en la casa de la vecina de enfrente. En ese momento me acordé de su famoso sobrino que era arquitecto y que residía en la ciudad de Chicago.
Esa misma tarde, tía y sobrino vinieron  a visitarme; e, inmediatamente, el estadounidense y yo nos caímos bien. Creo que ambos reconocimos en el otro cualidades que nos eran propias y nos sentimos identificados. Y, a partir de ese momento, nos tratamos mucho.
Ahora, cuando he abierto el ordenador, he encontrado un mensaje suyo. En él me informa de que está utilizando mis libros para enseñar español a sus amigos americanos; y me pide que haga un escrito con el que pueda explicar a qué nos estamos refiriendo cuando decimos que alguien “canta” en un lugar... 

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