sábado, 20 de junio de 2020

EL LUGAR EN EL QUE HABITO


Vivo en la casa de mis sueños; el sitio que considero auténticamente mío, y donde más a gusto me encuentro. La diseñamos entre mi marido, mi hija y yo; y todo, en su continente y contenido, lleva nuestra huella.
En la vivienda no hay nada aparatoso. Su fachada y sus habitaciones son sobrias, y su tamaño discreto; y, si por algo se distingue, es por sus pocas paredes y su mucha luz. Tiene los tabiques necesarios para separar esas piezas que, para salvaguardar la intimidad, conviene que se puedan cerrar; y el resto del espacio es diáfano.
En mi morada me alimento, llevo a cabo mis abluciones y compongo boleros. Sus muros me guarecen de las inclemencias del tiempo y de los rigores del mundo en general; pero no me aislan ya que en ellos existe una puerta, y ésta permanece siempre abierta para mis amigos.
Mi domicilio es mi hogar. La antítesis de un mausoleo porque ni es un lugar muerto ni magnificente; un espacio sencillo que me permite estar y crecer como persona, y en el que lo único que abunda es la literatura, la música y el cine.
Estoy segura de que dentro de muchos años, cuando haya muerto, me apareceré como fantasma a los que entonces habiten mi lar. Moleste más o moleste menos, mi espíritu vagará perpetuamente por sus estancias.

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