Vivo
en la casa de mis sueños; el sitio que considero auténticamente
mío, y donde más a gusto me encuentro. La diseñamos entre mi
marido, mi hija y yo; y todo, en su continente y contenido, lleva
nuestra huella.
En
la vivienda no hay nada aparatoso. Su fachada y sus habitaciones son
sobrias, y su tamaño discreto; y, si por algo se distingue, es por
sus pocas paredes y su mucha luz. Tiene los tabiques necesarios para
separar esas piezas que, para salvaguardar la intimidad, conviene que
se puedan cerrar; y el resto del espacio es diáfano.
En
mi morada me alimento, llevo a cabo mis abluciones y compongo
boleros. Sus muros me guarecen de las inclemencias del tiempo y de
los rigores del mundo en general; pero no me aislan ya que en ellos
existe una puerta, y ésta permanece siempre abierta para mis amigos.
Mi
domicilio es mi hogar. La antítesis de un mausoleo porque ni es un
lugar muerto ni magnificente; un espacio sencillo que me permite
estar y crecer como persona, y en el que lo único que abunda es la
literatura, la música y el cine.
Estoy
segura de que dentro de muchos años, cuando haya muerto, me
apareceré como fantasma a los que entonces habiten mi lar. Moleste
más o moleste menos, mi espíritu vagará perpetuamente por sus
estancias.

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