No me gusta planchar. Lo hago sólo en raras ocasiones; y siempre, cuando me es absolutamente preciso. Durante el invierno, mi plancha permanece olvidada dentro de un armario; pero en el tiempo en que el calor empieza a apretar y voy a cuerpo, la desempolvo y alguna que otra vez la utilizo. Sucede en las ocasiones en las que, por haber usado toda la ropa inarrugable, me tengo que valer de esas camisas y faldas que parecen trapos sin un estiramiento previo.
La única vez que he disfrutado alisando telas fue el día en el que, probando a hacer más soportable la tarea, puse un disco de Luz Casal. Recuerdo que cuando su voz se desparramó por la habitación y salió por la ventana, los lugareños que pasaban por la calle se detuvieron absortos al otro lado de la reja y todos juntos la oímos cantar “Un año de amor”. Fue algo mágico.
sábado, 20 de junio de 2020
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