Davinia era una mujer muy impaciente. El desasosiego constante que padecía la impulsaba a anticiparse a los acontecimientos; y esta particularidad la hacía ser inoportuna y/o equivocarse en multitud de ocasiones.
En su pueblo, algunos le decían “la Davinia impaciente”. Este apodo se lo sacó un solterón acomodado y ocioso que leía a Pemán; y que, para dar con este alias, no tuvo más que cambiar algunas letras del título de la obra “El divino impaciente” del autor.
Y otros, en su lugar de origen, la llamaban “la Pifias”. Y es que esta fémina, con su actitud, cometía tantos yerros que infinidad de motes le hubieran cabido.
La carta
Una vez, a la casa de Davinia llegó un propio con una misiva. Cuando ésta la abrió después de dar una peseta y despedir al recadero, se encontró con que en sus renglones una amiga le confesaba que era frígida. Con todo detalle y pormenor, la allegada le explicaba como eran las relaciones con su marido, y los estragos que la ausencia de goce sexual estaban provocando en su ánimo. A continuación, le rogaba que le guardara el secreto y le anunciaba que la llamaría por teléfono para que le diera su opinión...
El desaguisado
Estaba Davinia estrujándose las meninges para orientar a la autora de la carta de la mejor manera posible, cuando el aparato telefónico comenzó a sonar. Acelerada como siempre levantó el auricular; y, dando por cierto que al otro lado de la línea se hallaba la paisana que padecía frigidez, la nombró y le soltó una retahila de consejos, dejando bien a las claras cuál era el mal y la identidad de la persona que lo sufría.
En el momento en el que terminó de hablar, una voz distinta a la que esperaba oír le dijo que él no era Fulana, sino Mengano; pero que en cualquier caso, le estaba muy agradecido por la instrucción.
sábado, 20 de junio de 2020
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