La dominatriz se empeñó en casar a su hermano solterón con la vecina de al lado; pero por más que lo intentó, no lo pudo conseguir. Y es que había que tener una mente muy obtusa para no advertir que aquello que pretendía era imposible.
El solterón, de nombre Sulpicio, padecía una timidez enfermiza. En el pueblo le decían “el Corto” por lo medroso que era; y, según comentaban los que habían conseguido llevárselo una vez de farra, era incapaz de estar con una mujer.
Y ella, la vecina de al lado, era una viuda con hijos independientes; una mujer dócil y muy apañada a la que la dominante hermana del solterón pensó que podría manejar. El mismo día en que se produjo el óbito de su marido, en el velatorio, la tirana ya concibió la idea de tenerla por cuñada; aunque para no violentarla, esperó un tiempo prudencial antes de poner en marcha el celestinazgo...
Pero con lo que nadie contaba era con que Apolonia, que así se llamaba la vecina de al lado, le cogiera el gusto a la libertad. Había pasado de estar sometida a la autoridad del padre a la del consorte; y ahora que por primera vez en su vida sabía lo que era seguir el propio arbitrio sin atender a lo que opinaran los demás, era impensable que se volviera a poner las cadenas.

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