El quiquiriquí
En la década de los cincuenta, la forma de peinar a los bebés era haciéndoles una cresta. Para dejarlos hechos unos pimpollos, no había como levantarles el pelo que tuvieran en la parte central y superior de la cabeza, y fijárselo con un poco de agua y azúcar. El resultado era espectacular...
Me parece recordar que a este mechón algunas personas lo llamaban el quiquiriquí, pero no estoy segura. Lo que sí sé es que a mí, por haber nacido en esta época, me acicalaban así.
Las pecas y el flequillo
Después, durante la infancia, siempre lucí una melena con raya en medio y flequillo, que nunca sobrepasó los límites de la mandíbula inferior; y que, junto con las infinitas pecas de mi rostro, me daba un aspecto muy característico.
Una melena con cinta
En la pubertad mis cabellos descendieron hasta los hombros e incluso un poco más; y las cintas, para ceñirlos y adornarlos, hicieron su aparición. En este período muchas de mis coetáneas llevaban trenzas: a ambos lados de la cara; una única detrás; rodeando la cabeza como si fuera una diadema... Algunas de las que caían por la espalda llegaban tan abajo y tenían tanto grosor que acababan convertidas en objetos de culto.
Los cortes y la experimentación
Con la juventud llegaron los cortes y la experimentación. Me gustaban el cine y la música, y me parecía muy atractivo el aspecto que mostraban Jean Seberg en “Al final de la escapada”, Jane Fonda en “Klute”, o Tina Turner en sus conciertos. De modo que probé todos los estilos : a lo garçon, escalonado, afro con permanente incluida... y muchos más de mi propia creación.
Con una coleta
Luego, con el sosiego que me trajeron los años, dejé mi cabeza en paz; y ahora, en la actualidad, voy casi siempre peinada con una coleta.
sábado, 20 de junio de 2020
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