domingo, 7 de junio de 2020

LOS JAIMITOS


Don Emeterio dirigía la clase con la palmeta en la mano. Primero les ordenaba a los niños que recitaran la tabla de multiplicar; después, las conjugaciones; y, por último, les hacía un dictado. Como era un maestro muy singular, con él nada era al uso; y los discípulos sabían que en cualquier momento los podía sorprender: “A ver, Epifanio, ¿cuál es el presente de indicativo del verbo asir?”; “Tú, Teodomiro, ¿cómo se escribe jengibre?”; “Teofrasto, ¿cuántas son once por once?”... Y claro, con un enseñante tan psicodélico, los alumnos tenían más conocimientos de los que correspondían a su edad, y casi todos eran unos jaimitos.
Cuando salían del aula mostraban su suficiencia a diestro y siniestro; y, fuera de sus padres, que estaban orgullosísimos de ellos, no había quién los aguantara. Menos mal que con el tiempo se les fue acompasando el desarrollo físico con el intelectual y se volvieron más normales. Aunque para algunos progenitores fue decepcionante descubrir que no tenían un genio en casa.

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