Si alguien quiere irse a vivir a un pueblo, lo primero que tiene que saber es que, en ellos, la mayoría de los vecinos son familia. El grado de parentesco puede variar; pero tocarse, casi todos se tocan. ¿Y por qué digo esto? Pues porque si el forastero es aficionado al critiqueo, es fácil que meta la pata; que vitupere a un nativo delante de otro nativo, y que luego resulte que ambos son primos; cuñados; tío y sobrino...
Para evitar caer en una situación tan bochornosa como la anterior, el criticón debe recordar siempre la existencia de estos vínculos familiares entre las gentes del lugar; y, para ello, puede visitar cada mañana el cementerio pueblerino y observar como los mismos apellidos se repiten en casi todas las lápidas. Aunque lo más práctico es que, antes de ponerse a hablar mal de fulano o de mengano, le pregunte al paisano que tiene enfrente si los susodichos le tocan algo.

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