¡Perdóname!
Ya sé que tu nombre es Brígida; pero si te he llamado Comi, no ha
sido con mala intención, sino con toda la ternura del mundo.
Supongo
que no descubro ningún secreto si te digo que en el pueblo te apodan
la Comillas; y también doy por sentado que conoces el porqué. A ti
se te pega con mucha facilidad cualquier latiguillo que se ponga de
moda, y eres muy dada a gesticular. Y ya sé que estas dos
características resultan muy prácticas para darse a entender; pero
convendrás conmigo en que muy elegantes no parecen.
Cuando
hace un tiempo se empezó a estilar ese horrible gesto de doblar los
dedos índice y cordial de las dos manos para expresar que la palabra
que se estaba pronunciando tenía un sentido especial, sabía que tú
lo adoptarías enseguida. Y lo hiciste con tanto entusiasmo que, en
la fecha presente, es imposible imaginarte sin las palmas a uno y
otro lado de la cara, mientras abres y cierras los apendices
señalados.
Tendrías
que grabarte y contemplarte en acción. Seguro que si advirtieras el
efecto que causas, no caerías más en ese vicio.

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