Sostener largas conversaciones telefónicas está resultando muy útil para contrarrestar el tedio que nos provoca el confinamiento. Ayer mantuve yo una de estas charlas. Fue con una amiga especial que se llama Petronila. Una mujer que, a sus ochenta años, conserva una viveza y una memoria dignas de encomio. Y además, como no ha sucumbido a la dictadura de lo políticamente correcto, habla con total desenvoltura sin importarle que sus palabras sean consideradas despropósitos por los gazmoños de turno.
Para evitarnos malos humores obviamos la actualidad y nos adentramos en nuestros temas favoritos. Estuvimos rememorando los ambientes tan sofisticados que habíamos conocido cuando ella estaba casada con el duque de la Regüerta, y yo era su dietista. Y posteriormente, revivimos la vida bohemia que ambas llevamos en París en el tiempo en que, huyendo de los convencionalismos, nos instalamos en esta ciudad y nos dedicamos a escribir crónicas para un periódico.
Antes de despedirnos, mi amiga me comentó que para cenar pensaba vestir traje de noche y beber champán, porque iba a celebrar el sesenta aniversario de la primera vez que asistió a una representación en la Ópera Garnier.
sábado, 20 de junio de 2020
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