Si esta fuera una Semana Santa normal, yo me hallaría en el pueblo. A estas horas ya tendría hecha la comida y la fregadura, y estaría probablemente duchándome o componiéndome para ir a comprar el periódico. Como es miércoles, también esperaría encontrar la prensa del corazón; y pensar en el goce que me proporcionaría pasar la vista por sus páginas redoblaría mi natural impaciente.
Después de adquirir y de leer el diario y la revista, me iría al campo. En el pueblo, el monte está en lo alto de la calle; pero a la tierra inculta a la que yo encaminaría mis pasos sería la que existe más allá del cementerio; a unos cuatro o cinco kilómetros de distancia. Allí gastaría energía porque, pese a mis años, alguna me queda. Y también, contemplaría el reverdecer de la naturaleza propio de esta estación, y me empaparía de esa tranquilidad que los que vivimos en ciudades tanto necesitamos...
A eso del mediodía, mi regreso a casa se vería interrumpido por una o varias paradas. Primero recalaría en “El Sombrajo”, donde me tomaría un vermú y estaría un rato de charleta con mis amigos; y luego, quién sabe si no me iría encontrando a vecinos a los que no había visto aún, y con los que me tendría que ir deteniendo para saludarlos como se merecen...

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