Ahora, después de haber pasado por diferentes estados de ánimo durante el confinamiento, de lo que tengo ganas es de ajetreo; o, como diría un moderno, el cuerpo me pide marcha. Pero la marcha que a mí me pide el cuerpo no es específicamente discotequera; ni de botellón; ni de conciertos... Lo que yo desearía es vivir un estío pueblerino como los que disfruté antaño.
Los planes
Me gustaría reunirme con mis amigos de entonces y hacer, probablemente por última vez, cosas como subir a la cima del Tomatón y después bajar corriendo por su ladera. Meter una hogaza y dos tortillas españolas en una cesta, e irnos en bibicleta a la balsa del Jaculatorio a bañarnos y a merendar; por cierto, que al Jaculatorio lo apodaban así porque era muy beato y rezador. Organizar un gran juego del escondite en las afueras del municipio, a las doce de la noche...
El desbarato de los planes
Pero en medio de tanta exaltación, aparece el sentido común haciendo como siempre de aguafiestas, e intenta disuadirme. Me dice que parece que esté chocheando. Que a nuestra provecta edad, quizá podríamos coronar el Tomatón; pero lo que resultaría un disparate (a la par que ridículo), sería arrojarse luego por la pendiente a toda velocidad. Que si es un monte muy escarpado; que si no tenemos la agilidad de otros tiempos y sería peligroso... y bla, bla, bla. Y a continuación empieza a poner impedimentos al remojo y a la merienda campestre; y en el colmo de la desfachatez, también intenta echar por tierra lo de las reuniones a medianoche. ¡Qué coñazo!
sábado, 20 de junio de 2020
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