Las cartas
Aquellas cartas comenzaban todas de la misma manera:
“Querida tal:
Por la llegada de la presente espero que te encuentres bien. Yo estoy
requetebién.
G. A. D. (gracias a Dios)”
Después, el remitente pasaba a contarle a la destinataria como transcurrían sus días y sus noches; y, por último, se despedía con la frase “Éste que lo es” y firmaba con nombre y apellidos.
El escondrijo de las cartas
Pese a tanto formulismo, las misivas eran de amor. Las escribía un muchacho que vivía allende la sierra a su novia Margarita; y ésta, después de leerlas, toquetearlas y besarlas, las guardaba en el baúl donde tenía el ajuar.
Y de allí, de entre las sábanas y las mantelerías bordadas, las sacábamos el hermano de Margarita y yo horas después, para pasar nuestra vista por sus renglones...
La profanación de los jaimitos
Como teníamos diez años y éramos dos alumnos repipis de don Emeterio, lo que despertaba nuestro interés y provocaba nuestra hilaridad era la tosquedad de aquellas comunicaciones y la cantidad de faltas de ortografía que tenían; y, por más que lo intento, no recuerdo que nos fijáramos en otra cosa.
Un anhelo que nunca se cumplirá
Ahora, con mis años y mi bagaje, desearía volver a leer las cartas de Margarita. Me gustaría saber qué le decía su novio entre aquellas frases fijas del principio y del final; conocer si tenían un sentido explícito o no; observar si eran candorosas; o si, por el contrario, contenían alguna obscenidad...

No hay comentarios:
Publicar un comentario