Ahora no se estila ponerle a los recién nacidos José; pero antes, este nombre abundaba tanto que rara era la casa donde no existía multiplicado. Yo conocía a una familia en la que todos sus miembros se llamaban así; y por este motivo, a la abacería que regentaban le pusieron “La Pepería”.
Pepón, el padre, era un hombre imponente que, según las aldeanas, irradiaba magnetismo. Se parecía extraordinariamente a José Antonio Primo de Rivera; y mi menda, que entonces estaba en su más tierna infancia y era sugestionable, llegó a creer que se trataba de la misma persona. De hecho, cuando el maestro preguntaba en clase qué quiénes eran los dos personajes que aparecían en las fotografías que había a ambos lados del crucifijo, yo siempre respondía que Franco y Pepón el abacero...
Mari Pepa, su mujer, además de vender legumbres, bacalao y de hacer encaje de bolillos, era una especie de consejera sexual; de un modo concreto, se había convertido en una entendida en materia clitoriana. Desde que Pepón y ella habían descubierto por casualidad este pequeño órgano, la abacera experimentaba sus virtudes, y enteraba a las aldeanas sobre la mejor manera de adentrarse en sus misterios.
Y por último estaban los tres vástagos. Se decían José Antonio, Juan José y José María, aunque todo el mundo los designaba con los hipocorísticos de Toño, Juanjo y Chema. Con ellos iba de excursión por los tejados; y fueron los que me enseñaron a conducir la bicicleta sin apoyar las manos en el manillar.

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