sábado, 20 de junio de 2020

LO QUE VI DESDE ARRIBA

Cuando crecí, vi más pequeño casi todo lo que tenía en derredor. Las cosas inanimadas y los seres vivientes parecieron menguar; y sólo el cielo y algún privilegiado conservó su tamaño primitivo.
Desde la atalaya que me proporcionaba la adultez, la iglesia del pueblo y su torre no se presentaban tan monumentales como antaño, ni el tañido de su campana lograba conmoverme. Tampoco la montaña más alta tocaba las nubes, ni la charca donde estaban los renacuajos era un lago. La corpulencia de la giganta Rosa apenas excedía el volumen que se consideraba normal; y la labia de Eutropio aparecía como incontinente verborragia... 
Pero al lado de todo lo que había perdido su condición, figuraban objetos y personas que sí  habían mantenido la virtud; y entre éstas se hallaba Manuel. Su genio infinito trascendía cualquier realidad; y por ello, lo miraras desde donde lo miraras, siempre resultaba inmenso. Derrochaba frescura e ingenio; y solía decir, con una pizca de mordacidad, que lo único que tenía rancio era el abolengo.
Un día de mucha nieve e intenso frío se murió; y todos los vecinos, con las katiuskas y las pellizas puestas, acudimos al entierro.

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