Si tuviera que compendiar lo que quiero narrar en unas pocas frases, me valdría de esa copla popular que dice: “Ni contigo ni sin ti tienen mis males remedio...”
Y es que el amor obsesivo es un horror. Durante el tiempo que lo padecí, no me pude quitar de la cabeza a la persona amada; y era tan grande la perturbación que esta idea fija me provocaba, que mi comportamiento se vio condicionado y me fue imposible mantener una relación normal con ella.
En mi historia no hubo sexo, pero sí miradas que me hacían temblar de arriba abajo, y que yo identificaba con la muerte y la resurrección. Ojos que buscaba entre clase y clase, porque los intuía clavados en mí; roces que en las lecciones prácticas me dejaban paralizada, quizá esperando que no se acabaran nunca; manos alargadas y finas que apenas se posaban en mi cintura... Y palabras, muchas palabras que me servirían para definir mi estado: delirio, enganche, adicción...
Mientras fui víctima de esta pasión dañosa salí con algún otro compañero de facultad; pero fue un simulacro de correspondencia, porque yo no podía pensar en otra cosa que no fueran esas miradas que tenían más potencia que un reactor nuclear.
sábado, 20 de junio de 2020
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