Mi cónyuge y yo tenemos una inexpresividad apabullante; parecemos hechos de granito. Pero esto no quiere decir que seamos incapaces de sentir o padecer, sino que no podemos y/o no sabemos manifestar lo que notamos por dentro.
Ahora estamos en un bautizo; y, por nuestros semblantes, lo mismo podríamos encontrarnos en un funeral. A un espectador que no viera el ambiente que nos rodea, le sería imposible asegurar en cual de los dos eventos nos hallamos. Y eso que el gorgojo que está recibiendo las aguas bautismales parece un bollete y dan ganas de comérselo; pero nada, esa ternura que nos invade no la logramos descubrir...
Advierto que los demás invitados han empezado a mirarnos con recelo. Deben de pensar que somos unos engreídos o que nos aflige algún mal. Confío en que después, en el convite, como soy una buena conversadora, pueda paliar la penosa impresión que estamos causando.
sábado, 20 de junio de 2020
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