Para Fabiola, el tiempo que ejerció de tertuliana en televisión fue una experiencia horrible. Es cierto que mientras estuvo allí ganó dinero y pudo dejar atrás sus apuros aconómicos. También gozó de cierta fama e influencia que le valió para conseguir mesa en los restaurantes, y para que algunas firmas se pirraran por que luciera su ropa. Pero dejando aparte esos detalles, lo pasó fatal.
Víctimas y verdugos
Como el programa en el que trabajó era de cotilleo (algún malediciente lo calificaría de telebasura) y se hacía en directo y en horario estelar, sus exigencias eran enormes. Contínuamente tenía que mostrarse con el ánimo exaltado y dispuesta a zaherir y enardecer a los demás tertuliantes. La finalidad era que cuando éstos no pudieran soportar tanta humillación, saltaran; y la tertulia acabara convertida en una pendencia barriobajera. Y al día siguiente, se volvían las tornas y vuelta a empezar. Todos se veían impulsados a pasar de víctimas a verdugos y viceversa. Al parecer, y así lo probaban los datos de audiencia, cuanto más se envilecía el ambiente, más se conseguía atraer al telespectador...
Entre el ajenjo y el bisturí
Fabiola también se sentía impelida a presentar cierta imagen. En aquel espacio todo tenía que parecer nuevo, lozano, moderno, actual... Las arrugas, por ser un signo de vejez, estaban proscritas; y mostrar un aspecto ajado era una falta imperdonable. Para mantener la apariencia lustrosa requerida, los participantes tenían que estar remozándose continuamente. Y algunos de ellos, como de lo que se trataba era de levantar lo caído, pasaban la mitad de la vida en el bar, moviendo hacia arriba el ánimo con lingotazos de ajenjo; y la otra mitad, en una clínica de estética donde les elevaban los carrillos colgantes con el bisturí.
sábado, 20 de junio de 2020
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