Por los años de 1968 celebramos un espectáculo en el colegio. Yo fui una de las dos presentadoras; y, de aquellos momentos, puedo decir que aparecí en el escenario con un vestido minifaldero con el que sorprendí a los espectadores que esperaban un atuendo más recatado. Y también puedo añadir que fue de las primeras veces que experimenté ese disfrute que produce saberse admirada.
Pero lo mejor de todo aquello no estuvo en la representación, sino en los preparativos. Durante el tiempo que duraron éstos, las alumnas pudimos disponer del despacho de la superiora como centro de operaciones; y en él, con un tocadiscos que instalamos, y sin intervenciones monjiles, dimos rienda suelta a nuestra creatividad, y a la tontería propia de la edad que llevábamos dentro.
Cuando terminábamos los ensayos, las íntimas escuchábamos absortas a Aretha Franklin cantar “I say a little prayer”; o nos adentrábamos en la lectura de “Gamiani o dos noches de pasión” de Alfred de Musset (si las religiosas se llegan a enterar de que hacíamos esto último, no quiero ni pensar lo que hubiera pasado). Y otras veces, probábamos qué maquillaje nos favorecía más: si sombra de ojos y rímel en las pestañas, o raya de kohl en los bordes de los párpados. Yo prefería el segundo porque Juliette Gréco se pintaba así, y a mí me parecía la mujer más interesante del mundo.

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