Introito
Hablar con Cándida siempre era un placer. Nuestras conversaciones, normalmente por teléfono, quizá duraban una hora u hora y media en sentido literal; pero a mí, y sé que a ella también, se me hacían cortísimas.
Cuando nos llamábamos, como ninguna era cariñosa, perdíamos poco tiempo en saludos y parabienes. A veces, nos limitábamos a intercambiar un escueto ¡hola!, e íbamos sin rodeos a lo importante. Y lo importante, lo que nos interesaba a ambas, era platicar sobre literatura, historia, cine, actualidad...
En castizo
En nuestras charlas no había lugar para los tópicos ni el critiqueo; y sí para los temas humanos y la vida personal. De esto último solíamos hablar en las ocasiones en las que nos teníamos delante; en el tiempo en el que las dos estábamos en el pueblo. Entonces nuestro lenguaje se hacía más coloquial; y, para horror de un gazmoñero que nos estuviera escuchando, todo entre nosotras era franqueza, desparpajo y delirio.
En busca de la sabiduría
Mi amiga tenía mucha instrucción e infinitas y aprovechadas lecturas. Ávida de saber, continuamente estaba revisando sus conocimientos y adquiriendo más; y siempre consciente de que el grado más alto de la cultura era imposible de alcanzar. Pero, sobre todo, Cándida era una gran mujer; y yo me precio de haber sido su amiga.
Los manuscritos ilustrados y su recuerdo
Un recuerdo recurrente es de cuando, después de las clases de Arte, la llamaba siempre para comentarle el contenido de las mismas. Me vuelven especialmente los días en los que tratamos sobre los códices iluminados; y ella, que había viajado por toda Europa estudiándolos, me ilustraba mucho más con sus experiencias.
sábado, 20 de junio de 2020
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario