sábado, 20 de junio de 2020

EL VISITANTE PROVINCIANO

No creo que Benita fuera una joven morbosa. En el tiempo en el que tuvimos relación, nunca noté que se sintiera especialmente atraída por cosas raras, ni que mostrara preferencia por esas personas que provocan inquietud.
Es cierto que una vez que fuimos ambas a la casa de Gertrudis a estudiar, experimentó emociones nuevas cuando conoció a un tío de ésta que estaba allí de visita; pero no hay que considerar este interés como algo malsano o exclusivo de ella, porque yo también lo sentí y ni su moral ni la mía sufrieron menoscabo.
El pariente al que aludo era un solterón provinciano que dejaba entrever costumbres rancias; un ser que contrastaba con nuestra frescura y juventud y que, pese a casi no saludarnos, nos impresionó profundamente.
Como en los días siguientes Benita y yo queríamos volver a verlo, estuvimos buscando un pretexto que nos sirviera para acudir otra vez al hogar de Gertrudis; pero como no lo encontramos y dejamos ese deseo sin cumplir, el desasosiego nos duró semanas.
Y esto debió de suceder por los años de 1972, cuando Benita, Gertrudis y yo hacíamos tercero de carrera.

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