Hay quién piensa que lo de personalizar los automóviles es algo de ahora; pero los que somos mayores sabemos que esto ya se hacía en el año catapum.
Antiguamente había gente muy dada a decorar el interior de los coches. Y en muchos casos no era el dueño, sino algún familiar, el que se empeñaba en adornar el habitáculo.
Portar un rosario colgando del retrovisor; una imagen de san Cristóbal en el salpicadero; o las fotos de la mujer y los hijos con el letrero “Papá, no corras”, no era nada original porque numerosos conductores lo hacían. Pero poner cortinillas guarnecidas con borlas y flecos en las ventanillas traseras ya indicaba un mayor grado de creatividad.
Una vez, en una fiesta en Castelldefels, conocí a un chico con el que me sentí enseguida compenetrada. Además de atraernos físicamente, él y yo parecíamos tener las mismas ideas, opiniones, valores, gustos... Cuando bailamos “Only You”, el mundo que nos rodeaba comenzó a desaparecer, y ambos entramos en un estado de embeleso que nos duró toda la tarde.
Al terminar el guateque, pensando que estábamos hechos el uno para el otro y en un estado de gran exaltación emocional, nos dirigimos a su coche para volver a Barcelona; pero cuando vi a través de la luna lo que llevaba en la bandeja posterior, me desencanté.
Y es que a mí me gustó su Renault R5 de color naranja; pero para lo que no estaba preparada era para el cojín del mismo color (y profusamente adornado con trencillas) con que lo había personalizado.
sábado, 20 de junio de 2020
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