Con frecuencia recuerdo a Serapio y Castora; una pareja arrejuntada que tenía dos granados en el jardín. Cuando en los atardeceres de mayo voy caminando hasta la ermita y paso por delante de la casa donde ellos vivían, siempre me fijo en el florecimiento de los que antaño fueron sus árboles. Contemplo el anaranjado intenso de los brotes y no puedo evitar sumergirme en la nostalgia...
Porque debajo de las milgranas de esas plantas pasé ratos inolvidables con el dúo al que me refiero: dos viudos enfermos de soledad que se habían encontrado y eran felices. Un ateo recalcitrante y una fervorosa creyente que estaban ciegamente enamorados.
En las noches de verano en las que la conversación se hacía más íntima, Castora me confesaba que su anhelo era casarse; no obstante, añadía que ese era un lujo que no se podía permitir, ya que el matrimonio implicaba perder una de las dos paupérrimas pensiones que percibían.
Y en el tiempo en que Serapio contrajo una grave enfermedad se unieron más. Él pensó que, por estar su casa en un lugar poco transitado, la muerte nunca lo encontraría si no se alejaba de ella y de sus arbustos. Pero ¡quia! Una madrugada de julio la parca vio brillar las hojas de los dos árboles y lo halló. Y, poco tiempo después, Castora se fue también.
Nieves Correas Cantos

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