lunes, 28 de marzo de 2022

EL CURA, LA PRIMAVERA Y EL BOLERO

 

De pequeña, los sermones que echaba el cura en misa no me provocaban ningún interés. De hecho, mientras él predicaba desde el púlpito, yo me dedicaba a leer los cuentos que previamente había escondido dentro del misal; y, si no me entregaba a esta actividad, observaba con suma atención la enorme verruga que un feligrés tenía en la sien.

Pero cuando llegaba la primavera y el párroco pronunciaba su discurso sobre el sexto mandamiento, mi menda olvidaba los cuentos y las verrugas y escuchaba con gran atención...

Y es que el tono empleado por el clérigo para referirse a los pecados de la carne era apocalíptico. Decía palabras que me sonaban a algo oscuro y misterioso: concupiscencia, lascivia... Advertía de los peligros del calor; de llevar al aire los brazos y las piernas; de desfajarse... Demonizaba la cuerva; las películas y los libros de amor; las conversaciones distendidas... ¡hasta el bolero!

Sus invectivas contra este tipo de canción tuvieron la virtud de desarrollar en mí una predilección malsana por ellas. Como aseguraba que el ritmo cubano en cuestión era veneno que reblandecía el espíritu, me imaginaba a sus intérpretes introduciendo la pócima musical por el oído de sus víctimas valiéndose de un embudo y convirtiéndolas en gelatina...

Con el tiempo, los boleristas ejercieron sobre mí una atracción irresistible. Los veía en las carátulas de los discos con sus caras de amargura y sentía un algo muy fuerte que no acertaba a explicar... Y lo mismo me pasaba con las extremidades desnudas; y con la voz queda; y con no sé cuántas cosas de las que había oído hablar en aquellas homilías...

Nieves Correas Cantos



No hay comentarios: