Cuando era adolescente, la habitación de mi prima era el único lugar en donde me sentía feliz. Dentro de aquella enorme buhardilla podía obviar la envoltura que conformaba mi apariencia y dejar que surgiera mi verdadero yo; mostrarme sin sujeción y con entera libertad...
A salvo del inhóspito mundo exterior y mientras mi prima y mis hermanas se contaban sus escarceos amorosos echadas sobre un diván, me gustaba comportarme como un diletante. Contemplar la serie de láminas francesas que adornaban las paredes; hojear las diversas antologías que descansaban en los anaqueles; escuchar “El Mesías” de Händel...
Mas lo que me atraía irresistiblemente de aquella buharda era el tocador. Con su gran espejo y la mesa llena de potingues, para mí representaba una fuente inagotable de creación artística y disfrute...
Necesitaba experimentar; maquillarme de mil maneras; probarme todos los vestidos de mi pariente; enjoyarme con los collares y pulseras que guardaba en un cofre labrado; calzar sus tacones...
Yo a mi prima la quería y la odiaba por igual. La consideraba mi alter ego, pero sin mis trabas. Un ser privilegiado con respecto a mí...
Nieves Correas Cantos

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