¡Qué tonta fui! Me pediste mi opinión y te la di; y, como además me rogaste que fuera rigurosa, lo hice de una manera clara y concisa.
Sin valerme de ambigüedades, circunloquios y otros enunciados que sólo sirven para desvirtuar la verdad, te dije que la oda a la carne de membrillo que habías compuesto me parecía infumable; y tú, al oírlo, sufriste una fuerte impresión y dejaste de ser mi amiga.
Considerando tu reacción me percaté de que no buscabas mi parecer, sino mi halago. Y, siendo así, ¿a qué vino tanta hipocresía?
Nieves Correas Cantos

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