Cuando hablo, aburro. Sí, así de claro: A-BU-RRO. Debido a mi escasa elocuencia, mi discurso siempre resulta pesado; una auténtica monserga. Mas lo que no me podía imaginar era que llegara a fastidiar hasta a las ovejas...
Sucedió durante mi última estancia en el pueblo; un atardecer en el que, a pesar del helor, quise ir a caminar por el campo. No me privé de nada; me pateé los cardizales, la olmeda, el charcal... Y, en el tiempo que volvía, me topé con el pastor y su rebaño.
Fue en el arrabal, cerca de la almazara; y, como hacemos siempre que nos vemos, comenzamos a platicar. Primero hablamos de las rastrojeras; después, yo me enrollé con el asunto de la puntuación y acabé entregada totalmente a mi monotema...
Tan encendida me puse defendiendo los signos ortográficos que no advertí la ausencia de las ovejas: el hecho de que, hartas de mi perorata, en algún momento de la misma se fueran solas hacia el redil.
Tengo que decir que el ovejero, un hombre extraordinario, permaneció a mi lado aparentemente interesado...
Nieves Correas Cantos

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