domingo, 7 de junio de 2020

DOÑA VINAGRE Y YO


Hace 67 años, tal día como hoy, nací yo en un pueblo de La Mancha. Es evidente que no quería hacerlo, porque me resistí y me resistí, hasta que al final tuvieron que sacarme con fórceps; y fue tanto mi cabreo porque no respetaran mi deseo de quedarme donde estaba, que desde entonces tengo un malhumor tremendo.
De mi primer año de vida conozco lo que me han contado, y guardo fotografías en blanco y negro en las que aparezco en brazos de determinadas personas. En estas estampas ajadas por el tiempo, me encuentro hecha un pimpollo con los faldones de cristianar; y también con un abrigo de doble botonadura que, aunque no se aprecie el color, sé que era azul.
Pero el hecho de ir siempre bien vestida en mis primeros meses no bastaba para que una mujer de genio agrio que había en el pueblo, y que se llamaba doña Vinagre, suavizara sus comentarios en relación a mí. Según me han dicho, cada vez que me veía exclamaba: ¡Pobre creatura! ¡Ya pueden adornarla como quieran que feísima nació y adefesio sigue!

EL BULEVAR DE MI CASA


El confinamiento es muy duro, pero si tu casa mide pocos metros cuadrados puede serlo más. No es lo mismo permanecer recluido en una mansión, que en un piso mediano o en un estudio; ni tampoco es igual disponer de terraza o balcón que tener una simple ventana. Aunque lo que verdaderamente cuenta es la imaginación. Con ella puedes añadir superficie a tu vivienda; cambiar el moblaje cada día; o, si te apetece, abrir los cristales y volar. Yo, por ejemplo, recorro normalmente mi pasillo en tres zancajadas; pero ahora, muchas tardes me figuro que es el bulevar y me doy agradables paseos por él. 
A veces me cruzo con el viejo de la garrota y compruebo que, como siempre, va al trote y sigue sin saludar; o con ese hombre bajo que, en cuanto oye hablar a su espalda, se para y deja que los que van detrás le tomen la delantera... Hoy me he encontrado con el dandi; y, sentados debajo de una palmera, hemos platicado sobre lo insoportable que puede llegar a ser la reclusión y de los diferentes recursos que cada cual tiene  para sobrellevarla. Y esto es así porque a unos les gusta callejear y a otros mantenerse recogidos; los hay que disfrutan leyendo y están los que se pirran por el palique en la terraza de un bar; los que aman el bricolaje y los que necesitan sentir el bullir de la ciudad...
En fin, ánimo a todos. 

ENVIAR A ALGUIEN A FREÍR ESPÁRRAGOS


Mientras escribo estos renglones, estoy oyendo pelearse a unas personas en la lejanía. Lo primero que he captado ha sido la palabra “miserables” (así, en plural y con todas las letras), y lo que he pensado era que quizá iban a comentar en muy alta voz la novela de Victor Hugo. Pero cuando después se han mandado a freír espárragos unos a otros, me he percatado de que se trataba de una riña, y he sentido un deseo irrefrenable de hablar sobre esta frase tan castiza.
No recuerdo en qué ocasión la utilicé por última vez, pero sí se me ocurren varios contextos en los que podría volver a usarla. Me serviría para decirle adiós a una persona indeterminada en el orden afectivo; para declararle que el aprecio y la admiración que le tenía se han desvanecido, y que el desdén ha ocupado su lugar. También valdría para hacerle saber a cualquier pesado que me molesta y que quiero que me deje en paz; para expresarle mi rechazo a éste o aquél...
Ahora los contendientes se están llamando “zopenco” y “zamarro”. Esto va subiendo de tono. ¡Qué viveza en la expresión!  

LA PEPERÍA


Ahora no se estila ponerle a los recién nacidos José; pero antes, este nombre abundaba tanto que rara era la casa donde no existía multiplicado. Yo conocía a una familia en la que todos sus miembros se llamaban así; y por este motivo, a la abacería que regentaban le pusieron “La Pepería”.
Pepón, el padre, era un hombre imponente que, según las aldeanas, irradiaba magnetismo. Se parecía extraordinariamente a José Antonio Primo de Rivera; y mi menda, que entonces estaba en su más tierna infancia y era sugestionable, llegó a creer que se trataba de la misma persona. De hecho, cuando el maestro preguntaba en clase qué quiénes eran los dos personajes que aparecían en las fotografías que había a ambos lados del crucifijo, yo siempre respondía que Franco y Pepón el abacero...
Mari Pepa, su mujer, además de vender legumbres, bacalao y de hacer encaje de bolillos, era una especie de consejera sexual; de un modo concreto, se había convertido en una entendida en materia clitoriana. Desde que Pepón y ella habían descubierto por casualidad este pequeño órgano, la abacera experimentaba sus virtudes, y enteraba a las aldeanas sobre la mejor manera de adentrarse en sus misterios.
Y por último estaban los tres vástagos. Se decían José Antonio, Juan José y José María, aunque todo el mundo los designaba con los hipocorísticos de Toño, Juanjo y  Chema. Con ellos iba de excursión por los tejados; y fueron los que me enseñaron a conducir la bicicleta sin apoyar las manos en el manillar. 

AHÍTOS DE RECLUSIÓN


Aunque sea difícil sobreponerse, no podemos flaquear. 

Ahora todo está oscuro y tenebroso; pero dentro de poco empezará a entrar la luz, y percibiremos como se van rompiendo las tinieblas. Cuando esto ocurra, podremos salir a la calle; y, ahítos de reclusión, no habrá quien nos recoja. Nos daremos besos y abrazos a trochemoche, pues no hay nada como la prohibición para que se despierte el deseo; y en grupo cantaremos, bailaremos, brindaremos...
Y mientras llega ese momento mágico, es útil dedicarse a ordenar la casa; a hacer en  ella esas cosas que siempre solemos omitir. Yo ayer estuve limpiando y clasificando  el montón de películas que tengo. Provista de una bayeta y con mucho entusiasmo, acometí la tarea a media mañana, y hasta la hora de comer no logré terminar. Fue un trabajo concienzudo que me permitió descubrir filmes que no recordaba poseer; y que he dejado apartados para ir viéndolos en los días que están por venir.

ROSITA SE HERMOSEA


Durante toda su vida Rosita se ha preocupado de su aspecto; y ahora, aunque tiene muchos años, se sigue cuidando y le encanta presumir. Algunas amigas, sin decirlo abiertamente, reprueban su afán por mostrarse atractiva; pero a ella, fuera de resultarle molestos sus comentarios, no le provocan otra impresión. Tiene claro que el acicalamiento diario forma parte de esa rutina que la va a preservar de la dejadez; de caer en ese estado en el que llegan a no importar cosas que en absoluto deberían ser indiferentes... Y también que le gusta verse guapa; que así se siente segura y optimista. 
¿Y cómo se compone Rosita? Pues con los afeites mínimos: su crema Ponds; una pizca de color en los labios; las cejas apenas perfiladas...  El atavío limpio y planchado; y si procede, se pone el broche que se compró en París. Y siempre siempre,  antes de salir de su casa, se echa unas gotas de ese perfume que se llama pulcritud, y que está hecho de atención y delicadeza.
Hace siglos, cuando Rosita era joven, tuvo un novio que estudiaba Ciencias Físicas, y que le decía que era una mujer con mucha fuerza atractriz.

TOMANDO UNAS CAÑAS CON MI AMIGO FADRIQUE


Dicen que la confianza da asco; y a veces, es verdad que la excesiva familiaridad y/o franqueza no resultan muy agradables. Ayer, por ejemplo, estuve confraternizando con Fadrique; y, mientras nos tomábamos unas claras, me dijo tres cosas que de alguna manera rompieron mi quietud. 
La primera se refería a la forma de expresarme. Mi amigo me espetó que en mi interior se escondía una maestra frustrada. Y así lo dijo... ¡y se quedó tan fresco! Arguyó que en muchos de mis escritos se adivinaba un propósito de enseñar; y que a él le bastaba con cerrar los ojos para imaginarme como una seño impartiendo doctrina. En fin...
La segunda tiene que ver con mi perseverancia en escribir microrrelatos. Fadri intentó persuadirme para que hiciera una novela. Él cree que hasta que no componga una, no me consagraré como escritora.
Y finalmente, y esto me llenó de terror, Fa me confesó que quería hacer un cómic inspirado en mi persona. Añadió que la protagonista sería una mujer de naturaleza dual; una doña de costumbres espartanas pero con una imaginación desbordante. Un cuerpo que aparecería en las viñetas haciendo gimnasia a las cuatro de la mañana, y una cabeza que no dejaría de volar entre las nubes...