De joven, sin ninguna aspiración que me impulsara, permanecía siempre inactivo; asemejándome a un yate que hubiera encallado en las peñas de Vejer...
En el pueblo me veían como el clásico señorito: hijo de una familia acomodada; siempre ocioso y matando el aburrimiento de cafetín en cafetín.
Por detrás algunos paisanos me llamaban flojo, vago y no sé cuántas lindezas más. Cegados por su resentimiento social, se desquitaban conmigo.
Yo entonces era muy desgraciado. Poseído por una abulia que me impedía aprovechar mi talento, desperdiciaba mi vida sin poderlo remediar.
Un día, en la pastelería más famosa del lugar, un campesino me dijo que el origen de mi mal podía estar en el colchón donde dormía. Que quizá los muchos muelles del mismo me habían atrofiado el afán...
Nieves Correas Cantos

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