sábado, 22 de febrero de 2020

AQUELLOS CON LOS QUE BAILÁBAMOS


Si tuviera que explicar cómo era el comportamiento de los chicos durante el baile agarrado, en los guateques, haría una ordenación con cinco clases. Y los títulos respectivos serían: El tocón, El correcto, El meditabundo, El santurrón y El interesante.

El tocón
Este ejemplar, como su nombre indica, iba directamente a meter mano; o, como diría un cura de la época, se trataba de un salido al que le podía la lascivia. Excepto que la partenaire compartiera sus intenciones, era agobiante bailar con él. Sus extremidades parecían multiplicarse; y constantemente había que estar pidiéndole que subiera la mano; que apartara la cabeza; que no te asiera con tanta fuerza...

El correcto
En este conjunto incluiría a los modosos; los tímidos; los que no sentían una atracción especial por la persona que tenían entre los brazos y estaban bailando con ella por compromiso... La conducta de los individuos de esta especie era irreprochable; pero como solían pecar de sosos, la experiencia resultaba baldía; como que ni fu ni fa...

El meditabundo
Esta figura, sea porque fuera su natural, o porque había bebido más sangría de la conveniente, parecía estar sumida siempre en profundas cavilaciones. Apenas hablaba; y, más que mover los pies acompasadamente, lo que hacía era arrastrarlos. No era mala pareja de baile pues a la vez que sentías su calor, podías concentrarte en tus propios pensamientos.

El santurrón
Como bailaba completamente encorvado, a este espécimen lo identificabas enseguida. Para evitar rozar a la muchacha que tenía delante, era capaz de contorsionarse hasta el infinito. Se creaban situaciones grotescas; y resultaba muy incómodo danzar con ellos.

El interesante
Para mí, este era el mejor. El que sabía que la principal arma de seducción es el cerebro y la empleaba con denuedo. Aún recuerdo, como uno de los mejores momentos de mi vida, una conversación entre un muchacho y yo, mientras nos movíamos al compás de “Hier encore”

LEONA Y EL SÉPTIMO ARTE


En el instante en que Aarón y yo cruzamos la mirada, nos quedamos prendados uno del otro; y después de unos días, ya andábamos entusiasmados y locos de amor.
Como cinéfilos empedernidos, asistíamos a cuantas matinés de las salas de arte y ensayo nos permitían las clases; y, algunos sábados, acudíamos a los locales de sesión continua para ver filmes antiguos.
En la Nochevieja de 1970, cuando fuimos invitados a una fiesta que requería traje de noche, yo me vestí con uno igual al que llevaba Lauren Bacall en “El trompetista”; y, durante toda la velada, Aarón y yo estuvimos bailando con el mismo arrebatamiento que lo hacían ella y Kirk Douglas en dicha película (aunque hay que señalar que en nuestro caso la música fue diferente: “Ne me quitte pas”, “Dio come ti amo”...). 
Después, cuando apareció la palabra “Fin” y los proyectores se apagaron, Aarón y yo nos fuimos de aquella mansión y, en un lugar encantado, comenzamos a rodar una nueva cinta... 

LO QUE CAMILA DESCUBRIÓ EN UN GUATEQUE


La primera vez que oí “Je reviens te chercher”, me prendé de ella. Ocurrió durante la celebración de un guateque en el chalé de una amiga, a las afueras de la ciudad. Recuerdo que enseguida que empezó a sonar reconocí la voz de Gilbert Bécaud, pero como no sabía de qué canción se trataba, me dirigí al lugar donde se hallaba el picú para informarme. Allí, la interesante desconocida que había puesto el disco me mostró el álbum que lo contenía, y añadió que lo había comprado aquella misma mañana en unos grandes almacenes. Y, mientras yo lo miraba y remiraba con el propósito de adquirirlo en cuanto tuviera ocasión, un sosias de Jean-Paul Belmondo me sacó a bailar...
Todo esto debió de suceder por los años de 1968.

CUANDO LOS AMIGOS DE UNO NO SON DEL AGRADO DEL OTRO


 Sé que a pesar de que no te gustan algunas de mis amigas, alternas con ellas para complacerme a mí. También advierto que me acompañas a ciertos lugares por el mismo motivo... Te estoy agradecida por ambas cosas y quiero corresponderte; pero no me pidas que asista al almuerzo de Teodoro, porque yo a ese tío no lo puedo soportar. Es un fatuo; y con esa voz tan engolada... ¡No, no! ¡Es imposible! Cuando lo veo contando grandezas y desdeñando los logros de los demás, me entran ganas de confrontarlo con su pobre y triste realidad.
Mira, si quieres te acompaño a ver a Basilio, que aunque tampoco me cae bien, lo puedo aguantar. O a Felipe, que ya sabes que no es santo de mi devoción, pero sí me esforzaría en mostrarme simpática por agradarte a ti. Lo que sea, menos ir a la comida de ese ser arrogante y altanero llamado Teodoro.  

EL HÁBITO DE SANTIGUARSE


Esta mañana me he despertado pensando que con tanto como llevo escrito, dentro de poco no voy a tener nada que contar. Que me va a ser imposible componer cosas nuevas, y voy a precisar hacer versiones de antiguos relatos. Pero entonces me he dicho que la imaginación es inagotable y que lo mejor está por llegar; que, como todos los que escribimos sabemos, basta mirar a nuestro alrededor o rebuscar en la memoria para encontrar ese algo que pone la fantasía a trabajar. Esa inspiración que hace que enseguida surja una historia: 

    “La mía empieza ayer, cuando unos niños me vieron santiguarme y se quedaron    alucinados. Probablemente pensaron que yo era una extraterrestre que se estaba comunicando por medio de señales con otros seres del exterior. Y es que en estos tiempos, excepto en la iglesia, casi nadie se hace la señal de la cruz. Yo me santiguo siempre que emprendo un viaje largo o me encuentro en una situación que puede entrañar peligro. Y si el desplazamiento lo hago en mi propio coche, aprovecho la soledad que me brinda, y en vez de santiguarme me persigno y digo un pequeño rezo. Y por supuesto que a continuación, me pongo el cinturón de seguridad y subo el volumen del cedé para mantener alejado el sueño”.

NON HO L'ETÀ


Me preocupa que, a medida que me hago mayor, el miedo a hacer el ridículo me vaya acogotando y me impida desarrollar mi creatividad. Antes no lo había experimentado; pero ahora, menudean las veces en las que este sentimiento aparece, acompañado de una voz que me asegura que ya no tengo edad. Que a mis muchos años no procede escribir sobre amor y sexo; vestirse con esas faldas largas y con grandes lazadas que me encantan; ponerse a bailar cuando siento el deseo súbito de hacerlo; entusiasmarse demasiado y ponerse colorada... En definitiva, que resulta anómala cualquier conducta que se aparte de ese estereotipo de seriedad y circunspección relacionado con la senectud. Y ese grito machacón añade que lo que se le disculpa a un joven no se le perdona a un viejo; y que lo que en uno puede parecer genial, en el otro es posible que resulte patético... 
Y yo, que siempre he procurado no confundirme con el común de las gentes, y jamás me ha importado su opinión, temo ahora su menosprecio. Lo que puede ocurrir el día en que la decadencia me impida distinguir lo excelso de lo mediocre y acabe haciendo el ridículo.

domingo, 19 de enero de 2020

Cuando todos teníamos sex-appeal


Por Yago y Marisa siento un cariño especial. Cuando hace cuarenta y tantos años los conocí, inmediatamente me cayeron bien; y, con el transcurso del tiempo y el trato, esa simpatía inicial no ha hecho más que fortalecerse, hasta quedar convertida en la afección que les tengo hoy.

Con esta pareja, mi marido y yo compartimos una amistad inquebrantable; y con estos antecedentes, a nadie puede extrañar que ayer nos fuéramos a comer juntos y todo resultara un éxito.

Hasta el restaurante anduvimos por la orilla del río, tomando el sol. Fue un paseo muy agradable que nos sirvió para abrir las ganas de comer y esparcir el ánimo; y al llegar frente a los platos, dimos buena cuenta de los entrantes, la pierna de cordero y el excelente vino que nos sirvieron. 

La conversación fue general en algunos momentos y particular en otros. Marisa y yo tenemos una conexión bárbara: siempre que nos vemos, aprovechamos para desnudarnos y sentirnos mejor, y recordamos con nostalgia los tiempos en que todos teníamos sex-appeal.