Esta mañana me he despertado pensando que con tanto como llevo escrito, dentro de poco no voy a tener nada que contar. Que me va a ser imposible componer cosas nuevas, y voy a precisar hacer versiones de antiguos relatos. Pero entonces me he dicho que la imaginación es inagotable y que lo mejor está por llegar; que, como todos los que escribimos sabemos, basta mirar a nuestro alrededor o rebuscar en la memoria para encontrar ese algo que pone la fantasía a trabajar. Esa inspiración que hace que enseguida surja una historia:
“La mía empieza ayer, cuando unos niños me vieron santiguarme y se quedaron alucinados. Probablemente pensaron que yo era una extraterrestre que se estaba comunicando por medio de señales con otros seres del exterior. Y es que en estos tiempos, excepto en la iglesia, casi nadie se hace la señal de la cruz. Yo me santiguo siempre que emprendo un viaje largo o me encuentro en una situación que puede entrañar peligro. Y si el desplazamiento lo hago en mi propio coche, aprovecho la soledad que me brinda, y en vez de santiguarme me persigno y digo un pequeño rezo. Y por supuesto que a continuación, me pongo el cinturón de seguridad y subo el volumen del cedé para mantener alejado el sueño”.

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