Encima de mi cabeza, el casquete polar está adquiriendo dimensiones considerables. Hace casi dos meses que no me tiño el pelo, y el blancor de las raíces avanza sin control. Ayer, cuando estaba en una tienda, me volví improvisamente y sorprendí a un muchacho mucho más alto que yo mirándome desde arriba la nívea zona, y riéndose. Para completar el cuadro, mis encanecidas sienes me dan la apariencia de tener entradas.
Desde hace días tengo en mi casa el tinte con el que podría acabar con esta catástrofe. Mi aspecto desaliñado y senil se tornaría en glamuroso con sólo aplicármelo, pero es que me da tal pereza ponerme a ello que nunca encuentro el momento. Y eso qué el mejunje que gasto ahora no tiene nada que ver con la jena que me daba antaño. Para acometer aquel proceso sí que hacía falta valor. Claro que entonces era mucho más joven...

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