Hace tiempo escribí una carta de amor de carácter burlesco. El destinatario era un alumno de informática imaginario. Recuerdo que hacer este relato fue una buena manera de divertirme y de ejercitar el ingenio.
Pero si tuviera que componer en serio una misiva de este tipo, no estoy segura de que lo supiera hacer. Supongo que para inspirarme me tumbaría en el sofá y pondría el cedé que contiene “Unforgettable”, “Moon River”, “Night and day”, “Blue Moon”... y, mientras las notas se esparcen por la habitación, dejaría que vinieran los recuerdos.
Imágenes enardecedoras que, junto con la música, avivarían mis sentimientos y mi pasión; y que, prácticamente, me dibujarían el relato en la cabeza. Unos renglones en los que el lenguaje no sería explícito sino evocador, para no romper la magia. Palabras que expresarían a la vez una rememoración y una propuesta; un repaso de lo vivido y una insinuación de lo que está por llegar...

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