Me preocupa que, a medida que me hago mayor, el miedo a hacer el ridículo me vaya acogotando y me impida desarrollar mi creatividad. Antes no lo había experimentado; pero ahora, menudean las veces en las que este sentimiento aparece, acompañado de una voz que me asegura que ya no tengo edad. Que a mis muchos años no procede escribir sobre amor y sexo; vestirse con esas faldas largas y con grandes lazadas que me encantan; ponerse a bailar cuando siento el deseo súbito de hacerlo; entusiasmarse demasiado y ponerse colorada... En definitiva, que resulta anómala cualquier conducta que se aparte de ese estereotipo de seriedad y circunspección relacionado con la senectud. Y ese grito machacón añade que lo que se le disculpa a un joven no se le perdona a un viejo; y que lo que en uno puede parecer genial, en el otro es posible que resulte patético...
Y yo, que siempre he procurado no confundirme con el común de las gentes, y jamás me ha importado su opinión, temo ahora su menosprecio. Lo que puede ocurrir el día en que la decadencia me impida distinguir lo excelso de lo mediocre y acabe haciendo el ridículo.

No hay comentarios:
Publicar un comentario