sábado, 22 de febrero de 2020

LO QUE LA CASA ESCONDÍA


La sordidez
Para mí, la sordidez moraba en aquella casa de la rinconada. Durante los días de invierno, me la imaginaba moviéndose impúdica entre los faldones de la mesa camilla; y, al llegar la primavera, suponía que trepaba por el jazmín. Su olor se entremezclaba con el del brasero de picón o el de las flores, hasta formar un tufo empalagoso y penetrante que llegaba a marear; un hedor que se incrustaba en las fosas nasales y del que era imposible sustraerse.

Tío y sobrina
La obscenidad convivía con dos personas que pasaban por ser tío y sobrina: un viejo renco que apenas hablaba, y una mujer madura a la que nunca se le deshacía la permanente. Seres que me resultaban nauseabundos, y a los que una vez sorprendí en  extraña situación. 

Contemplar el mundo desde arriba
Ocurrió cuando hice una excursión por los tejados, para contemplar el mundo desde arriba. Y lo que entreví a través del cristal deslustrado de un ventanuco fue a la doña y al cojo en el momento en que él procedía a lavarle los pies. Vislumbré una silla de enea frente a otra y una palangana entre las dos; una pastilla de jabón y una toalla con puntillas; piernas vestidas y piernas desnudas; manos que toqueteaban por varios lugares... Y lo que más me impactó, en medio del desconcierto, fue comprobar que las sortijas del cabello de la fémina se desenrizaban y se volvían a enrizar...

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