La sordidez
Para mí, la sordidez moraba en aquella casa de la rinconada. Durante los días de invierno, me la imaginaba moviéndose impúdica entre los faldones de la mesa camilla; y, al llegar la primavera, suponía que trepaba por el jazmín. Su olor se entremezclaba con el del brasero de picón o el de las flores, hasta formar un tufo empalagoso y penetrante que llegaba a marear; un hedor que se incrustaba en las fosas nasales y del que era imposible sustraerse.
Tío y sobrina
La obscenidad convivía con dos personas que pasaban por ser tío y sobrina: un viejo renco que apenas hablaba, y una mujer madura a la que nunca se le deshacía la permanente. Seres que me resultaban nauseabundos, y a los que una vez sorprendí en extraña situación.
Contemplar el mundo desde arriba
Ocurrió cuando hice una excursión por los tejados, para contemplar el mundo desde arriba. Y lo que entreví a través del cristal deslustrado de un ventanuco fue a la doña y al cojo en el momento en que él procedía a lavarle los pies. Vislumbré una silla de enea frente a otra y una palangana entre las dos; una pastilla de jabón y una toalla con puntillas; piernas vestidas y piernas desnudas; manos que toqueteaban por varios lugares... Y lo que más me impactó, en medio del desconcierto, fue comprobar que las sortijas del cabello de la fémina se desenrizaban y se volvían a enrizar...

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