No recuerdo haber tenido nunca ninguna mala experiencia con perros ni gatos; y sin embargo, me causan terror...
Pero con Kira, la mascota de la casa de al lado, logro dominar esta ansiedad. La veo cuando estoy en el pueblo: es una Schnauzer sal y pimienta a la que conozco desde que nació. He estado enterada de todos los avatares de su vida, y he presenciado su plenitud; y ahora, con doce años y una cardiopatía, estoy asistiendo a su declive. Cuando durante el paseo la veo desfallecer, y sus dueños tienen que volver con ella en brazos, me acuerdo del tiempo en el que se mostraba incansable jugando a la pelota, o yendo a coger la piña que te instaba a que le lanzaras lejos una y otra vez.
Sé positivamente que yo soy de los humanos que mejor le caen; y he de decir que ella a mí me conmueve. Acostumbra a recibirme ladrando lo justo para no asustarme; y le gusta echarse a mis pies. Si le acaricio el lomo con ternura intenta encaramarse a mi halda; pero el respingo que doy la asusta y retrocede...

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