domingo, 18 de abril de 2021

LA PALABRA PILINGUI Y EL ACLARADOR DE DUDAS

 I. El haiga

Un día de 1960, cuando Germana y sus amigas estaban jugando en la plaza del pueblo, vieron aparecer un haiga impresionante. Después de dar dos vueltas a la fuente, el cochazo se detuvo en la puerta de la fonda y de él bajaron un hombre y una mujer ataviados con mucho aparato. La fémina, cual estrella hollywoodiana, llevaba un abrigo de pieles, tacones de aguja, collar de perlas y gafas negras. Y su acompañante vestía un traje rayado con chaleco, semejante a los que lucían los potentados en las películas.

II. La curiosidad

Deslumbradas ante tanta pompa desplegada, las púberas se acercaron a un grupo de curiosos con el ánimo de enterarse  de quiénes eran aquellos seres que parecían extraterrestres... Y fue en ese momento cuando escucharon a un lugareño referirse a la extraña viajera con el nombre de pilingui.

III. El oráculo Josafat

Dispuestas a averiguar el significado de aquel término que no conocían, y que intuían que escondía algún secreto, las chiquillas lograron juntar las tres pesetas que costaba consultar al aclarador de dudas, y acudieron a pedir su parecer... Pero Josafat, que así se llamaba el oráculo, en vez de resolverles algo, lo que hizo fue confundirlas más. Les dijo que una pilingui era una mujer que se dedicaba a actividades nada convencionales; y añadió que esa manera de comportarse en el pueblo era la propia de una esnob. Así, y se quedó tan fresco... Ni por un momento se le ocurrió que aquellas niñas no tenían ni idea de lo que quería decir la palabra convencional, y aún menos esnob.


Nota.- La primera vez que oí la palabra pilingui pensé que quería decir zancuda. Y si llegué a esta conclusión fue porque la mujer a la que le aplicaban este término tenía las piernas muy largas.

PUCHO Y LOS VERBOS REGULARES, IRREGULARES Y DEFECTIVOS

 En uno de sus relatos, Pucho decía que la protagonista del mismo no sabía ni conjugar el verbo amar. Sé que sus palabras tenían un sentido figurado; pero me puse a reflexionar sobre ellas en su significado literal, y concluí que cualquier persona que conociera medianamente el español sí sería capaz de hacerlo. Y lo mismo ocurriría con todos los verbos que, como amar, fueran regulares. 

Pero no lo veo tan claro en lo que se refiere a los irregulares; a los que no siguen las normas fijadas... porque ¿quién se atrevería a recitar de buenas a primeras el imperativo del verbo erguir? Yo confieso que preferiría no verme en esa tesitura.

Y ya el colmo son los defectivos. Una vez había un maestro que, por ser muy utilizada la palabra arrecir en el lugar donde daba clase, le pedía a sus alumnos que enunciaran el presente de indicativo de este verbo. ¡Intentadlo, por favor! 

LIMPIANDO A RITMO DE CHACHACHÁ

 El sillón es beis; un color muy bonito, pero muy sucio. Cuando me prendé de él en la tienda y lo compré, no consideré este particular; y ahora estoy pagando las consecuencias.

Resulta que en su respaldar, a la altura del lugar donde se apoya la cabeza, salió hace unos días una mancha que no sé cómo quitar. Apareció inopinadamente; de la noche a la mañana. Era redondeada, negruzca, con los bordes precisos y terroríficamente asquerosa; deslucía por completo mi butaca... 

Intenté hacerla desaparecer lavándola con agua y jabón. La estuve frotando con un cepillo al ritmo de un chachachá porque creí que así ejecutaría la tarea con más ardor. Y al final, lo único que conseguí fue que la mancha se hiciese manchurrón y que brotara una especie de borra de la superficie de la tela.

Ahora dudo sobre cómo solucionarlo. Lo único que se me ocurre es tejer un tapete de ganchillo y colocarlo en el respaldo, cubriendo la asquerosidad. Y de paso voy a confeccionar dos más para los brazos, ya que he advertido que empiezan a negrear.  


SI LA PANDEMIA NO EXISTIERA

 Si no existiera la pandemia, hoy estaría en el pueblo. A estas horas ya habría hecho gimnasia, desayunado, preparado la comida, duchado... Y quizá, después de tanta actividad concluida, me hubiera vuelto a acostar. Es este caso me hallaría tumbada cuan larga soy mirando al techo. Sin almohada; en la que es mi posición favorita para pensar. Recogiéndome y meditando sobre lo que significa el Domingo de Ramos...

Si la pandemia no existiera, al tercer toque de campana llamando a los fieles, me dirigiría a la plaza hecha un brazo de mar y me apostaría con mis amigas en el puesto de cascaruja y refrescos de una de ellas para ver salir la procesión.

Si no existiera la pandemia, esta mañana hubiera tenido la oportunidad de encontrarme con paisanos a los que dejé de ver hace muchísimo tiempo. Amigos que en épocas pasadas formaron parte de mi vida, y de los que luego nada supe. Niños con los que jugué de pequeña y que la vida me hubiese devuelto convertidos en abuelos.

Si no existiera la pandemia, además del profundo sentido religioso, hoy para mí hubiera sido un día de encuentro.  

DEL BOLERO A LA RUMBA

 Anoche me tomé una copa de champán mientras oía música, y la combinación de las dos cosas hizo un efecto extraordinario en mi cabeza...

Aunque no podría fijar con claridad lo que sucedió, diría que tuve una transportación; una especie de embeleso en el que salí de mi cuerpo e hice un viaje astral.

Todo empezó con la canción “Corazón loco”; cuando la voz dulce y envolvente de Diego el Cigala se esparció por la habitación explicando cómo se pueden querer a dos mujeres a la vez... Entonces, en mi pensamiento, sustituí a esas dos féminas por caballeros y me sentí embargada y estimulada al mismo tiempo. Los recuerdos y la fantasía se mezclaron en un extraño batiburrillo y entré en un estado maravilloso de confusión... 

Pero acabó el bolero e, inmediatamente después, llegó la rumba. Los Chichos, con su poderío, entonaron “Mujer Cruel” y sentí que mi paseo por las estrellas había terminado. En la pieza, los intérpretes le recriminaban amargamente a una dama el hecho de que hubiera podido amar a dos varones simultáneamente, y yo lo vi como una llamada a guardar el decoro debido. 

DE ALBERCOQUES Y RIBAZOS

 A mí, de pequeña, lo que más me gustaba hacer era comer albercoques verdes y rular por los ribazos. Y puesto que ambas cosas sólo las podía ejecutar en primavera, la llegada de esta estación me llenaba de júbilo.

De hecho, en mi mente infantil, la primavera se dibujaba como una maga que cada año venía al pueblo a repartir felicidad. Una hechicera que traía un vestido de colores irradiador de luz y calor, y ante la que los lugareños se mostraban cautivados. Y además creía que el frío y desagradable invierno, envidioso de su poder de seducción, corría a agazaparse allende el cerro Tomatón en cuanto adivinaba su presencia.

Esta mujer fantástica traedora de la dicha llenaba los campos desnudos con yerba, amapolas y margaritas para que los niños pudieran rodar por sus pendientes; y también colgaba miles de albercoques de las ramas de los albercoqueros, con el fin de que todo el que quisiera pudiera provocarse una indigestión.

EL SOPICALDO COMO INSTRUMENTO DE DOMINACIÓN

 Nunca entendí por qué aquel hombre ejercía tanta autoridad en la familia de Balbina. Lo consideraban el oráculo; y a su casa acudían todos los descendientes, colaterales y allegados buscando consejo.

A mí, cuando fui con mi amiga a visitarlo, me cayó fatal. Me pareció un ser de ningún modo dialogante; que pontificaba en vez de hablar; y aferrado pertinazmente a ideas y costumbres obsoletas.

En las seis o siete horas que permanecí en su casa, no paró de emitir dictámenes sin moverse de la cabecera de la mesa; y cuando en un momento intenté refutarle una sentencia que me pareció el sumun de la necedad, me dirigió una mirada hostil para después ignorarme por completo.

Al mediodía, la mujer sumisa y aparentemente infeliz del jerarca trajo un cuenco lleno de sopicaldo y nos repartió unos cubiertos a todos los presentes. Y ante mi sorpresa y consternación, el paterfamilias dejó de perorar; metió su cuchara en el líquido y sentenció que ya podíamos empezar.