A mí, de pequeña, lo que más me gustaba hacer era comer albercoques verdes y rular por los ribazos. Y puesto que ambas cosas sólo las podía ejecutar en primavera, la llegada de esta estación me llenaba de júbilo.
De hecho, en mi mente infantil, la primavera se dibujaba como una maga que cada año venía al pueblo a repartir felicidad. Una hechicera que traía un vestido de colores irradiador de luz y calor, y ante la que los lugareños se mostraban cautivados. Y además creía que el frío y desagradable invierno, envidioso de su poder de seducción, corría a agazaparse allende el cerro Tomatón en cuanto adivinaba su presencia.
Esta mujer fantástica traedora de la dicha llenaba los campos desnudos con yerba, amapolas y margaritas para que los niños pudieran rodar por sus pendientes; y también colgaba miles de albercoques de las ramas de los albercoqueros, con el fin de que todo el que quisiera pudiera provocarse una indigestión.

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