I
Cuando por curiosidad entré en el expuesto mar de la teletienda, lo hice convencida de que mi naturaleza espartana y racionalidad me mantendrían a salvo de cualquier tentación. Pero el canto de sus sirenas resultó tan seductor que, como la mayoría de navegantes, acabé sucumbiendo a sus incitaciones.
II
Nada más comenzada la travesía, las nereidas, con sus voces melodiosas, me enteraron de las excelencias de un exprimidor. Mientras lo hacían, dibujaron en la superficie del agua el instrumento estrujando frutas a tutiplén; y fue tal su espectacularidad que ya no concebía la vida sin este dispositivo. Luego siguieron con un afilador de cuchillos, navajas y machetes; y después con unos zapatos que masajeaban los pies... Y como los productos tenían rebaja si se adquirían antes de equis tiempo, lo compré todo inmediatamente.
III
El momento en el que la llamada de las ninfas se hizo más irresistible fue cuando anunciaron una colección de novelas del siglo XIX y otra de discos de música romántica. Para entonces mi tarjeta estaba temblando; mas como ambas se podían pagar en cómodos plazos, también las pedí.

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