I. El antro
Para acceder al interior de “El Bicho Raro”, primero teníamos que cruzar un bar estrecho y mal alumbrado; un local con una barra en forma de ese, en la que los clientes parecían rumiar sus penas delante de una copa...
Después pasábamos por entre unos cortinones de terciopelo rojo que tenían un poder mágico: la facultad de impedir la entrada a los biempensantes y gente de parecido jaez...
Y por último llegábamos al lugar más recóndito de la caverna. Un espacio resguardado de convencionalismos; y, por lo tanto, de ambiente liberal. Una pista de baile en la que sonaba “Hier encore” de Charles Aznavour, mientras tú te aplicabas en recorrer mi talle una y otra vez...
II. Eustasio y el pipermín
Una tarde, Eustasio, el dueño de la gruta, nos invitó a tomar un pipermín en sus aposentos. Desinhibido por los efluvios del licor, nos contó que había intentado ser cura, militar, notario como su cuñado... pero que en ninguna carrera había logrado encajar. Añadió que, cuando vivía en su casa, su padre no le dirigía la palabra; la madre y la hermana iban de soponcio en soponcio; y el notario lo trataba con displicencia.
III. La heterodoxia de Eustasio
Finalmente, abandonando toda causticidad, nos dijo algo que me pareció muy interesante y que voy a intentar reproducir:
“Si uno es una persona heterodoxa y la visión que tiene de las cosas no coincide con la de la mayoría, se tiene que revestir de tres capas de moral para no desfallecer. Necesita valerse de toda su fortaleza para afrontar una realidad que las más de las veces le resulta ajena, y a la que no consigue acomodarse. Tiene que levantarse cada día, y tratar de sobrevivir en un mundo que siempre le parece que está al revés...”

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