De pequeñas, Florita y yo teníamos la misma edad; pero, en el presente, le llevo tantos años que podría ser su abuela. ¿Y a qué se debe tan desconcertante hecho, se preguntarán algunos? Pues muy sencillo: a que, desde que ambas nos adentramos en la treintena, yo he seguido cumpliendo tacos cada trescientos sesenta y cinco días, mientras que ella lo ha hecho cada setecientos treinta o con un lapso aún mayor.
Y con algunos famosos me sucede igual que con mi amiga: en tiempos pretéritos tenían un decenio más que yo, y ahora son un quindenio más jóvenes.
De seguir así, una servidora será dentro de poco una vieja vetusta con muchos inviernos vividos; y los renombrados y mi allegada, unos jovenzuelos con muchos abriles y primaveras por cumplir.

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