domingo, 28 de octubre de 2018

El mosquito y yo


Un día, estaba yo dormitando en un sillón y apareció un insecto con la pretensión de molestarme. Al principio lo ignoré porque su mediocre zumbido no merecía mi atención (ni por tanto la interrupción de mis dulces sueños); pero al final, no tuve más remedio que fijarme en él porque se puso insoportable.
Esto sucedió cuando el animalejo, espoleado por mi indiferencia, arreció su runrún y sus amagos de herirme. En ese momento, compadeciéndome de su insignificancia, le dije: ¿Pero no te das cuenta de que yo soy más grande que tú y que con un simple soplido te puedo dejar temblando?

miércoles, 10 de octubre de 2018

Malentendidos – Segunda parte. Malentendéis vosotros.


Creo que todos los que aparecemos en este espacio somos, en mayor o menor grado, exhibicionistas, vanidosos y temerarios. Cuando nos mostramos y nos sabemos escudriñados, nos da tal subidón que olvidamos el riesgo que corremos y las contingencias que se nos pueden presentar; y así, nos pasa lo que nos pasa...
Y una de las cosas que nos pueden pasar es ser malinterpretados. Cada lector tiene su modo particular de entender lo que escribimos, pero cuando lo que escribimos se interpreta tan erróneamente que se llega a tergiversar, sentimos frustración, desconcierto, impotencia, rabia...
Presumo que, por nuestra edad, la mayoría de los que estamos aquí somos personas biempensantes y el colmo de la formalidad. Pero precisamente por eso, a la hora de crear hay que sacar los pies de las alforjas y volar. Yo particularmente lo necesito; es la manera que tengo de conservar la cordura y de no aburrir a los demás.

Malentendidos – Primera parte. Malentiendo yo.



Poco después de entrar en Post55, escribí un texto sobre los juegos amorosos en la juventud. Por el número de lectores que tuvo y los comentarios que recibió creo que fue un éxito; pero el motivo de sacarlo a colación no es porque quiera presumir, sino para hablaros de uno de estos comentarios.

Se trataba de un parecer sobre la necesidad que tenemos las personas mayores de amar y ser amados. Y yo, que en aquellos momentos era una novata en esto de las webs; que no os conocía; que quizá estaba malhumorada por vaya usted a saber qué cosa..., malinterpreté aquellas palabras y respondí con total descortesía al autor de las mismas.
Hoy, esta persona probablemente ha olvidado mi patochada, pero os puedo asegurar que yo la tengo clavada en la memoria. 


En pos de mi cintura


Llevo tiempo buscando mi cintura, pero no logro encontrarla. No tengo ni idea de dónde puede haber ido a parar... La echo de menos porque, en lo que concierne a la estética, cumplía su papel. Me permitía andar con garbo; y, por cuanto me daba poderío, me añadía seguridad.
Ahora mi cuerpo es una masa informe, y cada vez que tengo que endomingarme lo paso fatal. El sábado que viene, por ejemplo, tengo que asistir a una boda y no encuentro qué ponerme. La falda lápiz la tengo que descartar porque no me entra; el traje de punto me hace parecer un saco de patatas; la falda de tergal es (y parece) del tiempo de Maricastaña...
Al final iré con el hato de costumbre: una falda ancha y un blusón.

Sin pan, pero con libro y película


Una vez, cuando aún solíamos pagar con dinero contante y sonante, fui a comprar comida a un comercio que tenía, nada más entrar, expositores con libros y películas. Me acerqué para echarles un vistazo y, en el primero, vi una obra de Bill S. Ballinger llamada “El diente y la uña”. Este título tan sugerente me cautivó el ánimo y, como soy una entusiasta de la novela negra, ipso facto lo adquirí.
Luego pasé a las cintas de vídeo. Aquí había infinidad de grandes películas, pero Cary Grant y Deborah Kerr me sedujeron desde la carátula de “Tú y Yo”, y esta empedernida cinéfila no se pudo resistir.
Cuando salí de aquella sección, todo el dinero que llevaba en el monedero para comprar alimentos había desaparecido, y no tuve ni para pan; pero volví contenta a casa dispuesta a leer el libro y a rever la película.
Y lo mejor fue el colofón que tuvo esta historia. Cuando llegué a casa y le conté a una amiga lo sucedido, ésta respondió: “¡Pero mira que eres rara, jodía!”

¡Jesús, María y José!


Micaela: ¿te acuerdas de cuando vimos aparecer aquel cochazo por la calle Mayor? Tenía una largura impresionante; era descapotable y alado; nos dejó sin habla...
Cuando estuvo cerca descubrimos que lo guiaba un hombre con bigote y patillas; y que traía dos pasajeras con vestidos muy llamativos.
Se detuvo en la puerta de la fonda y en un instante se formó un corrillo de curiosos a su alrededor, pero nosotras logramos colarnos y nos colocamos en primera fila.
Un vecino muy leído y escribido aseguró en voz alta que aquel vehículo se llamaba haiga; y cuando se puso a cuchichear con el hombre que tenía a su lado, conseguimos oír la palabra “pilingui”.
Para que no se nos olvidara, fuimos repitiendo el vocablo hasta la casa de tu abuela; y, cuando le preguntamos por su significado después de referirle lo sucedido, ésta se santiguó y mirando al cielo exclamó: ¡Jesús, María y José!
Todo esto debió de suceder por los años de 1960. Lo digo porque me parece recordar que nos faltaba poco para hacer la Primera Comunión. De lo que sí estoy segura es de que, en el momento en que vislumbramos el coche, estábamos jugando al tejo.

She


Ayer, cuando me enteré de la muerte de Aznavour, las notas de “She” se esparcieron por mi alma, y deseé estar en el antro donde bailé esa canción contigo. 
Ocurrió la tarde en la que tu insufrible novia daba una conferencia sobre no sé qué a los que entoces me parecieron un grupo de infelices. 
Fue la única vez que estuve entre tus brazos. El momento en el que te olvidaste de las barreras sociales y etarias, del Opus Dei, de lo que los demás esperaban de nosotros... e hiciste caso exclusivamente a tu corazón. Luego desapareciste. Me dijeron que estabas por America del Sur, pero no supe más. 
Quiero decirte que, para satisfacer mi anhelo irrefrenable, por la tarde cogí el coche y me planté en Bagur. Nuestro antro ya no existe: en su lugar hay algo tan prosaico como una ferretería; y el bar donde solíamos quedar para filosofar también ha desaparecido.
Después bajé a Sa Riera;  y, cuando me acerqué a la playa, descubrí en el otro extremo a un hombrecillo que parecía absorto en la contemplación del mar. El corazón se me desbocó por la emoción y el miedo. Y entonces, sin ser muy dueña de mis actos, volví despacito al coche y enfilé la carretera de Barcelona.