Ayer, cuando me enteré de la muerte de Aznavour, las notas de “She” se esparcieron por mi alma, y deseé estar en el antro donde bailé esa canción contigo.
Ocurrió la tarde en la que tu insufrible novia daba una conferencia sobre no sé qué a los que entoces me parecieron un grupo de infelices.
Fue la única vez que estuve entre tus brazos. El momento en el que te olvidaste de las barreras sociales y etarias, del Opus Dei, de lo que los demás esperaban de nosotros... e hiciste caso exclusivamente a tu corazón. Luego desapareciste. Me dijeron que estabas por America del Sur, pero no supe más.
Quiero decirte que, para satisfacer mi anhelo irrefrenable, por la tarde cogí el coche y me planté en Bagur. Nuestro antro ya no existe: en su lugar hay algo tan prosaico como una ferretería; y el bar donde solíamos quedar para filosofar también ha desaparecido.
Después bajé a Sa Riera; y, cuando me acerqué a la playa, descubrí en el otro extremo a un hombrecillo que parecía absorto en la contemplación del mar. El corazón se me desbocó por la emoción y el miedo. Y entonces, sin ser muy dueña de mis actos, volví despacito al coche y enfilé la carretera de Barcelona.

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