Un día, estaba yo dormitando en un sillón y apareció un insecto con la pretensión de molestarme. Al principio lo ignoré porque su mediocre zumbido no merecía mi atención (ni por tanto la interrupción de mis dulces sueños); pero al final, no tuve más remedio que fijarme en él porque se puso insoportable.
Esto sucedió cuando el animalejo, espoleado por mi indiferencia, arreció su runrún y sus amagos de herirme. En ese momento, compadeciéndome de su insignificancia, le dije: ¿Pero no te das cuenta de que yo soy más grande que tú y que con un simple soplido te puedo dejar temblando?

No hay comentarios:
Publicar un comentario