domingo, 28 de octubre de 2018

La pantalla indiscreta


Durante el tiempo que estuve en mi casa con la pierna quebrada, en vez de dedicarme a espiar a los vecinos como hacía James Stewart en “La ventana indiscreta”, me apliqué en observar a los miembros de una web. Leyendo lo que publicaban en la misma, una persona de tanta agudeza como yo enseguida consiguió verlos desnudos; y, a partir de ahí, se convirtieron en mis cobayos.
En unas cartulinas que compré fui anotando las ansias y frustraciones de cada uno y todos los datos relativos a su personalidad; y, para no confundirme, hice coincidir las  características de ésta con el color de aquéllas. Así, la información sobre Fulanito Melancolía aparecía en la tarjeta gris; la de Menganita Serenidad en la verde; la de Zutanito Vital en la roja... 
Cuando me aburrí de ser un simple mirón comencé a experimentar, y, verdaderamente, mis conejillos no me defraudaron. Como me tenían por el oráculo por haber dado muestras de sabiduría, mis opiniones eran las que más importaban; y así, con un mero emoticono podía exaltar los ánimos de esos tontos vanidosos o sumirlos en la más profunda depresión. Tampoco me costó mucho hacer aparecer las envidias y las mezquindades entre ellos; y si no es porque lo de la pierna se solucionó antes, hubiera acabado con la página de tanto como la enrarecí.

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