domingo, 28 de octubre de 2018

Sin presencia de ánimo y con ella


Una vez, cuando era joven, resbalé en medio de la planta de unos grandes almacenes y me caí cuan larga era. El costalazo fue monumental, pero lo que verdaderamente me dolió fue lo ridícula que me sentí y el menoscabo que sufrió mi orgullo. Azarada, me levanté y me recompuse como pude; y, rápidamente, me alejé de allí completamente abatida.
Por el contrario, cuando hace unos días me encontré en otra situación comprometida, reaccioné con total serenidad. Fue en el momento en que, comiendo con personas empingorotadas, un pedazo de solomillo que acababa de cortar saltó del plato y vino a parar a mi halda. Lo hizo acompañado de un desparrame de salsa y causando gran ensuciamiento; pero yo no me inmuté. Con naturalidad, y sin mirar al resto de comensales, pedí al camarero que me cambiara la servilleta llena de manchurrones por otra limpia, y seguí comiendo. Eso sí, no me privé de hacer un comentario ingenioso con mi vecino de mesa.

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