Las clases se decían de Formación Humana; pero las alumnas, con mucha guasa, las llamábamos de Formación Hombres. En ellas, de un modo vago e impreciso, se nos hablaba de la relación con los hombres dentro del matrimonio; y todo resultaba alucinante porque, entre otras cosas, las impartía una monja.
Al arcano que conturbaba nuestros sueños (y que deseábamos abordar), la Hermana nunca se refería; y, cuando alguna discípula aludía al tema, de su parte todo eran efugios para soslayarlo.
Después de un montón de clases y de mucha oscuridad y confusión, lo único que pudimos deducir fue que, al casarnos, contraeríamos una obligación que la Sor era incapaz de especificar, y cuya recompensa serían los hijos.
Y así estuvimos hasta que, un día, una de las mayores apareció en el colegio con una misiva en la que se explicaba, con todo lujo de detalles, una noche de bodas. El lenguaje tan explícito de aquella epístola me hirió; pero en cierto modo, me ayudó a salir de las tinieblas.

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