Mi paisano Merlín poseía excelentes cualidades. Era afable, honrado, apuesto y encima tenía un montón de oliveras. Una joya, como se podría catalogar a simple vista. Pero no. Mi paisano Merlín no era ninguna joya porque adolecía de un defecto que deslustraba sus numerosos atributos; una imperfección que provocaba la crítica de cuantos le rodeaban. Y es que Merlín solía hablar en una jerigonza indescifrable. Acostumbrado a denominar todas las cosas con pronombres, él no llamaba al vaso vaso, por ejemplo; ni al perolo perolo; ni a la cuervera cuervera..., sino que, en función de la distancia a la que estuviera cada uno los anteriores chirimbolos, se refería a ellos como “esto”, “eso” o “aquello”. Y así siempre. ¡Resultaba agotador!
Nieves Correas Cantos

No hay comentarios:
Publicar un comentario