Cuando tenía diez o doce años, cada mediodía le llevaba a mi padre la comida a la era. Se la portaba siempre montado en un burro; con mi mano derecha asiendo la cazuela y con la izquierda sujetando el ronzal.
Como yo era muy responsable y el asno un animal cumplidor, la pitanza invariablemente llegaba a tiempo a su destino; justo en el momento en que mi progenitor más deseaba el yantar.
Recuerdo que a mi ascendiente le gustaba mucho el potaje con cardillos y también las acelgas con garbanzos. Asimismo le encantaba un guiso que hacía mi madre con mucho calabacín; “calabacinate” creo que se llamaba aquel condumio...
Algunas veces, cuando volvía por la hijuela después de ejecutar mi cometido, me topaba con una muchacha del Soto que se llamaba Belén; entonces mi corazón se ponía a palpitar como loco a causa de la emoción y me sentía enrojecer...
Nieves Correas Cantos

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